lunes, 26 de mayo de 2008

Más de Agatha Christie

Fue una verdadera ganga. En la mesa de $99 o menos ahí estaba: Asesinato en el Expreso de Oriente. El último (y vaya que busqué y puse a la Felisberta y al Velvet a rebuscar otro).

Llegandito a casa de mis papás me tumbé con mi mamá a verla. Chequen cartelazo de lujo:

Albert Finney,
Lauren Bacall,
Martin Balsam,
Jacqueline Bisset,
Jean-Pierre Cassel,
Sean Connery,
John Gielgud,
Wendy Hiller,
Anthony Perkins,
Vanessa Redgrave,
Rachel Roberts,
Richard Widmark,
Michael York y
Colin Blakely.

Aunque no es mi Poirot favorito, Finney hace un gran papel (de hecho, la mismísima Agatha Christie, quien vió la película catorce meses antes de morir, dijo que era así como se imaginaba al detective).

Total, que la película es una delicia, sobre todo si, como yo misma, ya se sabe lo que pasa y se puede uno concentrar en los escenarios, guardarropa y utilerías. Como ya he dicho y seguiré diciendo (hasta que alguien me de la razón, jajajaja), Agatha Christie no es para quien guste del misterio.

Es para quienes disfrutamos los pequeños placeres de la vida como una buena taza de té en una buena sobre mesa en un sillón mullido. Y una buena película.

Pocas cosas más exquisitas.

martes, 6 de mayo de 2008

Los pilares de la tierra

Acabo de leer esta novela, de Ken Follett. Mil trescientas y pico páginas sobre un albañil que después de trabajar en una catedral descubrió que lo suyo, lo suyo era eso de las catedrales; un prior con grandes expectativas y una mujer del bosque.
Me gustó mucho. Una vez que la leí, la googlée y encontré una crítica que la destrozaba y la verdad me inquietó un poco porque no me gusta considerarme una lectora "fácil".
Estuve dándole vueltas y me dí cuenta que, en algunas cosas, tiene razón:el ritmo irregular, la mentalidad demasiado "moderna" de las mujeres (aunque lo de que responde al público predominantemente femenino, adolescente y soñador del autor me sonó bastante condescendiente); los tecnicismos arquitectónicos no dejan hacerse una clara imagen de la catedral, etc.
Pero lo que me molestaba de esta crítica no era eso, sino el tono de superioridad de su autor. Satura el texto de nombres pesados y desdén por lo que no es Literatura:
"¿Quieren una novela histórica? Recomendaría, de Eco, la citada “El nombre de la rosa”, de Víctor Hugo “El 93”, de Tolstoi “Guerra y paz”, de Carpentier “El siglo de las luces”. ¿Quieren una novela donde los personajes y las situaciones de entremezclen y se relacionen hasta formar un tapiz deslumbrante, con maestría inolvidable? Pues lean “Los miserables” de Hugo, que recomiendo de todo corazón. ¿Quieren una novela repleta de ansias de asesinar, de escrúpulos religiosos y de seres angélicos o infernales? Allí tienen “Los hermanos Karamazov” de Dostoievsky. ¿Quieren una epopeya conmovedora y a la vez brutal, una exposición descarnada de la condición humana? Consigan “Hijo de hombre” de Roa Bastos y estremézcanse. "
Vamos, no se trata de discutir si Los Pilares de la Tierra es o no la máxima novela de habla inglesa para la humanidad (no lo es). Es una novela comercial bien lograda y que lo deja a uno con ganas de seguir leyendo.No quería que terminara
El autor distingue bien la literatura de lo que no lo es, pero confunde sus funciones. Cayendo en su juego y citando a un clásico (Chesterton): la literatura es un lujo, la ficción es una necesidad. A los seres humanos nos gusta que nos cuenten historias y eso se cumple con trabajos no necesariamente obras maestras. Es como la comida; no siempre podremos comer caviar con champaña y trufas, pero siempre necesitaremos comida. Nadie come una hamburguesa y la ataca por no ser salmón. Es demasiado fácil.
A menos que, como el autor de esta crítica, queramos derramar nuestro superior gusto y sabiduría en el resto de mortales insensibles y palurdos.
Una vez que llegué a esto, me reconcilié con la novela y el gustito que me dejó.
Por si les interesa, aquí está la página de la mentada crítica:

http://www.dooyoo.es/libros/los-pilares-de-la-tierra-ken-follett/1000936/

lunes, 24 de marzo de 2008

Santo y Blue Demon contra los Mostros

(sic). Los sábados a las 6 de la mañana, se prende mi tele (mi cerebro tarda 75 minutos màs) donde pasan a esa hora infame pelis del Santo. En mi estado de semi-conciencia veo retazos de la acción (lo bueno es que las tramas son simples y la música ayuda a saber si pasa algo misterioso, el malo planea maldosidades o vienen los guamazos) hasta que para el final estoy super despierta.
La semana pasada me llamó la atención que el Santo no tuviera sus setenterísimos suéteres pegaditos, de cuello de tortuga y manga corta, sino una curiosa casaquita de lamé plateado a juego con su mascarita hasta que descubrì que era el Santo ("Caballero de la máscara de plata") del siglo XVII, donde manda a una bruja a la hoguera y a media tiznada ella lo maldice a él y a todos los presentes amenazando con volver en 300 años, o sea los años setenta y se posesiona de la novia del Santo.
Esta semana un chozno de Drácula, por alguna extraña razón avencidado en el DF, inventa un artefacto que transplanta cerebros y revive muertos y domina al Blue Demon y lanza contra el Santo a un Drácula de petatiux, una momia de halloween de kínder clasemediero, un hombre lobo con cara de gurú posmoderno y trasnochado, tres cableros medio pintados de verde, un mostro de la laguna hecho en vulcanizadora con cara de ratón con cortisona y al Blue Demon de maldito y atacan a unos pescadores, a un caballo y a una paseante. El Santo se mete a la laguna a pelear con el mostro (a estas alturas, no sé si por mi lento despertar, no me quedaba claro por qué había una laguna y una calle en medio de nada, y por qué si era de noche el sol brillaba rete chulo -o tal vez los mostros estos eran tan chidos que podían atacar de día).
Total que el Santo acaba con todos y rescata a la nenorra (como en todas las del Santo). Pero lo que verdaderamente gozo es la reminiscencia de cuando era niña y mi hermano y yo nos repatingábamos salomónicamente en el sofá a ver tele comiendo pan. Es la misma sensación, pero con ventajas de adulto (me puedo quedar en mi camita y no tengo que compartir con mi hermano).
Lo que me queda claro es que seguiré prendiendo la tele los sábados a las 6 a.m. a ver las películas del Santo. Tal vez para el próximo sábado me prepare un bocadillo...

martes, 26 de febrero de 2008

De los lápices

Me gusta escribir con lápiz. Entiendo la conveniencia de los lapiceros, pero nada supera la punta bien afilada de un lápiz.
Me encanta ver cómo se van haciendo chiquitos, cada vez más cómodos, hasta que son tan chiquitos que ya no cumplen su función (también me gustaría ver agotarse el cartucho de una pluma, pero tengo la mala costumbre de perderlas). La ventaja de los lápices nuevitos es la promesa de irse achicando a fuerza de escribir, dibujar y garabatear con ellos.
Recuerdo que hace mucho mi hermano talló una cara narizona en un lápiz chiquitito y me lo regaló. Yo estaba fascinada.
Pero creo que mi gusto por escribir en lápiz tiene más que ver con la soltura y relajación que da saber que lo que se escribe se puede borrar. Esa sensación de experimentación sin compromiso que la pluma no da (en ese sentido es muy solemne, muy "adulta": recuerdo que fue cuando la escuela nos consideró "niños grandes" que nos graduamos de lápiz a pluma) es lo que me atrae de escribir con lápiz.
Eso y que el agotamiento de la punta nos da una medida del trabajo realizado (la eterna punta fina del lapicero no cumple ese propósito), y las pausas para sacarle punta otra vez marcan un buen ritmo a la escritura, ritmo que ayuda a reflexionar, despejarse o hasta a hacerse loco un rato.

martes, 12 de febrero de 2008

De las mancias y demencias sin clemencia

No me pregunte usted cómo pero me tropiezo con una página que da razón del antiguo método adivinatorio llamado "menomancia". El "meno" no me decía mucho, pero lo de mancia se oía prometedor.

Entro a la dichosa página, que no era otra cosa que una tabla, y resulta que se refiere a la adivinación a través de la menstruación (haga usted el favor) dependiendo del día de la semana y del mes ( qué número le corresponde).

Así que basta con juntar los dos datos para saber qué depara el futuro (por ejemplo: lunes 23 significa "23: No quieras al rubio alguno te consolará. " y "Lunes: encuentro inesperable, enlace . " -o sea usted va a encontrar encontrar, inesperadamente, a un rubio que no le consolará de la pena que sé si tenga).

Pasado el estupor inicial, lo tomé como una buena broma a costa de nuestras reticencias usuales a nuestras excreciones. Eso me llevó a recordar el magnífico cuento de Rubem Fonseca llamado Copromancia, en un libro justamente titulado Secreciones, excreciones y desatinos (2001) en el que el protagonista descifra el oculto lenguaje de sus excrementos. El final es simplemente sensacional.

Pero la idea no es esa, sino que es como encontrar a la virgen de Guadalupe en tostadas o a Cristo en una mancha de humedad, buscamos sentido, formas reconocibles y significativas en todo. Ahora, lo que hagamos con nuestras, nunca mejor dicho, figuraciones, es lo que determina el tono de nuestro cuento. Habrá que tener mucho cuidado para darle un buen final.
P.D.: Por si les interesa, ahí les dejo la dirección de la mentada página:

martes, 5 de febrero de 2008

De la nomenclatura omnívora

Yo no sé quién pone nombres a las calles o con qué criterio, pero hay algunas que me parecen "venganza histórica".

Por ejemplo, aquí em Puebla, la calle al costado de la Iglesia de la Compañía se llama Juan de Palafox y Mendoza. Y me consta que, más de 400 años después, a los jesuitas todavía les duele.

Otrosí. En muchos pueblitos la calle principal, sobre la que suele estar la Iglesia Mayor, se llama Benito Juárez.

Así, los nombradores de calles, o tienen un fino y negro humor histórico (poco probable) o dejan que la noble actividad de nombrarlas caiga en una fiebre devoradora de lo que significa cada nombre y espacio y se convierta en un mero trámite burocrático. El azar hace lo demás.

Ahora, si es una revancha histórica, todavía no me queda claro de quién sobre quién.

martes, 8 de enero de 2008

Primer post del año

Mi cuerpo todavía no se entera de que ya se le acabaron las vacaciones. Ni dos días nebulosos de trabajo lo han logrado convencer de que sí, es martes y mañana (y pasado y después) hay que trabajar.

Espero que pronto se acostumbre porque cargar con él y mi pereza es demasiado.